Chihuahua, Chih.- “No hizo nada igual con ninguna otra nación” (Non fecit taliter omni nationi) fueron las palabras del papa Benedicto XIV al contemplar la imagen de la Virgen de Guadalupe. Admirado por su belleza y singularidad, aprobó las obras del patronato guadalupano en México.
La narración original de las apariciones quedó consignada en el Nican Mopohua, escrito en náhuatl por Antonio Valeriano en la época misma de los acontecimientos. Allí se describe que:
“Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive. (…) en el año de 1531, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán (…) Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara. Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol”.
La petición de la Señora del Cielo —como cariñosamente la llamó Juan Diego— fue clara y amorosa:
“Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra”.
Y en otra de las apariciones pronunció las palabras que hoy reciben a millones de peregrinos en la Basílica de Guadalupe:
“¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa”.
El desenlace es ampliamente conocido: la Virgen le ofreció una prueba al humilde mensajero. Juan Diego recogió rosas de Castilla en pleno invierno y, al presentarlas al obispo Zumárraga, la imagen milagrosa quedó estampada en su ayate. Ese acontecimiento cumple ahora 494 años, y la tilma continúa siendo venerada en la Basílica de Guadalupe.