El Joven Observador
Durante las últimas décadas, la gran mayoría de los ciudadanos que formamos parte de lo que se conoce como Occidente hemos sido bombardeados con toda clase de mecanismos donde se ha buscado adoctrinar a la sociedad, haciendo penetrar una idea que desdibuja un principio biológico que ha permitido sobrellevar un orden social: la distinción entre hombre y mujer. Esta distinción se ha querido difuminar bajo la idea de que lo que realmente importa es el género, imponiéndose este concepto por encima del elemento biológico, y donde cualquier persona puede autopercibirse como lo que uno sienta, incluso en ese momento.
Acabamos de ser testigos, este pasado mes de junio —el cual ha sido denominado como el mes del orgullo gay, donde el día 28 es el Día Internacional del Orgullo LGBT—, de cómo previo a esa fecha, en diversas ciudades de algunos países, se realiza una marcha donde incluso se pueden observar hombres y mujeres mostrando sin pudor alguno sus partes íntimas, esto ante la presencia de niños y con el visto bueno de las autoridades.
Nos encontramos en una efervescencia ideológica, la cual ha sido respaldada bajo la protección del feminismo de tercera ola, aquella corriente que se mezcla con el culturalismo, lo radical y lo neomarxista, de la cual se ha denunciado a la ideología de género como una de sus principales propuestas sociales. Los polémicos autores argentinos Nicolás Márquez y Agustín Laje señalan en uno de sus libros que autoras como Simone de Beauvoir denuncian que el término “mujer” es un concepto socialmente construido, carente de esencia, artificial, siempre definido por su opresor: el hombre. Sale a relucir también la frase que resume esta propuesta teórica: “No se nace mujer, llega una a serlo”.
Por su parte, otra autora, Judith Butler, ha señalado que en realidad el sexo siempre fue género, o como aquella otra frase en la que dice: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Estas expresiones han alimentado el fundamento teórico que pretende reforzar que la percepción del género es algo normal en las personas, contrario a lo que reveló la encuesta de salud mental que se realizó en 2024, en donde se evidenció que más del 50% de las juventudes LGBTQ+ en México han considerado el suicidio en el último año, una realidad que alcanza a personas consideradas trans y no binarias. Es importante recordar que en el DSM-III ya se denominaba el transexualismo como una psicopatología; el DSM-IV lo sustituyó por trastorno de identidad de género en adultos y adolescentes, y el DSM-V eliminó este trastorno y lo denominó como disforia de género.
Esta temática, que involucra términos médicos, psicológicos y sociales, por un lado ha querido ser abordada únicamente con fines sociales, donde en el fondo existe una mano ideológica que pretende, en ocasiones mediante la fuerza del Estado, imponer nuevas realidades en una sociedad que no repara en denunciar actos que van en contra del orden establecido por la cultura social.
Es ahí donde se observa que empresas multinacionales, e incluso gobiernos, se inclinan por promocionar una agenda donde se permita esa “liberación” y se fomenten los diversos géneros expuestos.
La semana pasada, en la ciudad de Chihuahua, se presentó un lamentable caso donde un niño fue reportado como desaparecido. Tristemente, el menor fue localizado sin vida horas después cerca del fraccionamiento donde vivía.
Inmediatamente, la información que surgió fue que el padrastro fue uno de los primeros requeridos para brindar su declaración. El fiscal general del estado, César Jáuregui, al día siguiente, manifestó que había elementos para imputarlo como probable responsable. Sin embargo, durante el fin de semana circuló una información que trasciende: el padrastro del niño encontrado sin vida en realidad es un “hombre trans”; es decir, biológicamente se trata de una mujer, pero esta persona se considera a sí misma como hombre.
Este 7 de julio, el fiscal confirmó que el abogado defensor pidió primero que se dirigieran a él como hombre porque era su voluntad, pero al momento en que se le fincaron las cautelares de prisión preventiva, en ese momento alegó su condición de mujer.
Este tipo de acciones, donde la realidad supera la ficción y donde la realidad se impone, nos regresa al argumento perenne del fundamento biológico: viendo el monstruo legal que se le presenta, se busca regresar al origen, a lo cierto, a la verdad, en la que se trata de que una mujer, aparentemente, arrebató la vida de un menor de edad. ¿Por qué realizó dicho acto de terror? Tendrá que ser la autoridad quien determine el motivo que generó que un inocente muriera a manos de una mujer que, creyendo ser “hombre”, se denominó su padrastro.
Lo cierto es que detrás del disfraz ideológico, quedó la fragilidad de una construcción que no resistió a la tragedia. Como Ícaro alzando el vuelo con alas de cera, creyó escapar de su naturaleza, pero terminó por caer —y en esa caída arrastró la vida de un niño. Que la muerte de Jasiel Giovanni no se pierda en el eco del silencio, sino que nos obligue a mirar sin vendas lo que pasa cuando las mentiras se imponen sobre la realidad.
Descanse en paz, pequeño Jasiel Giovanni.